Sin entrar en datos estadísticos –que ahora mismo resultan in comprobables para la mayoría de los lectores- un gran número de familias o personas gozan de una computadora con Internet en su casa, o un celular con conexión a la red o una PC portátil con wifi. Internet es una herramienta accesible, desde $50 mensuales. Precios razonables para la cantidad de opciones que pueden llevarse a cabo en la red virtual: juegos, chat, películas, series, compras y ventas; hasta se pueden crear sindicatos irrelevantes como el de quienes “odiamos a Ricardo Fort” o los que “luchamos contra el cambio ambiental”, atados a la euforia del Facebook.
Facebook se encarga de asociar individuos a través de una convocatoria pasiva: sólo le hace falta atraer a un chico para que su amigo real se involucre, y a partir de allí se instaura el término de amistad virtual. Ambos, desde ahora, en comunidad con la tecnología.
Pero Facebook no es el Diablo, ni Internet es Dios. No dejaremos de ser amigos de los viejos amigos. La creación del mundo real, es artificio de los seres humanos que lo transitan y el problema tiene que ver directamente, con que muchos de los adolescentes (que cada vez entran en esa etapa más jóvenes y terminan más tarde) no circulan las calles con el afán de comerse al mundo; no les importa el control sobre su vida; en cambio viven de las oportunidades de Internet. Principalmente del chateo, que sustituyó en campos generales a la charla convencional, dialogada, sin letras…
Y así, en este ritmo que la especie humana parece llevar naturalmente, nos internamos en la selva de lo imposible. Lo que sea 3D (animación tridimensional) no es real; los emoticones o caritas que se aplican en el mensaje del chat están aplacando a los gestos corporales, a las expresiones de los grupos de amigos en el mundo exterior, hecho de aglomerados y pavimento, de plazas y toboganes, de arenas y fulbitos.
Por otro lado, la fotografía del perfil ha adquirido un carácter único de representación de la persona. La foto, en sí, siempre fue una imagen congelada que expone cierta facción de la persona, pero en la época de la computación las fotos son modificables para jamás salir mal; para que los chicos y las chicas amen la sonrisa, que siempre tiende a ser perfeccionada hacia el estereotipo. Por eso sobresalen los distintos, para bien; los naturales, los no tecnológicos; Los que hacen de la fotografía un simple momento embalsamado y no una totalidad de su encarnación.
A partir de que una foto nos identifica, dejamos de ser seres carismáticos, y comenzamos el camino a la fama de la sonrisa, de las tetas paradas, del pelo que nos arreglamos para esa fiesta, de la remera nueva o el abrazo con el amigo, que sin duda podemos amar, pero que no dejará de cumplir el rol de amigo virtual.
Ojo. No todos somos, a partir de que activamos nuestra mega cuenta, simples muchachitos de la Web , pero tampoco somos, a partir de eso, protagonistas de la vida que llevamos en adelante.
Conocemos más a las personas porque Internet es un vicio y el común de la gente que lo consume a diario -está al menos una hora “on-line”- y lo hace en complicidad con otros, que hacen lo propio desde un sillón, o mirando la pantallita del celular, y sin darnos cuenta aumentamos gradualmente un proceso evolutivo, que característicamente nos irá convirtiendo en monitos de oficina. (Véase postura encorvada, con los codos semi contraídos, manos hacia delante; y preferentemente describiendo una joroba simpática que, concluye con la cabeza y la vista hacia el frente).
Vivir para el Mundo, que lo primero que nos permitió es vivir.
Abrazo. Guido Boti
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