Bajo una inmensa capa de niebla oscura e intocable, se abrazan las raíces de los árboles de la noche que dibujan sobre el cielo. Lo inundan de estrellas tranquilas, como pecas que se soltaron de la cara de la luna en busca de protagonismo, que solo los vivos del planeta pueden amar cuando la luna está en sus días. No hay dudas, ellas sienten la competencia con las demás estrellas. Entre sí, se sostienen de los rayos de Febo durante la tarde y al llegar el ocaso se revelan ante todos los horizontes desafiando a los músicos del asfalto.
¿Cuántas veces pedimos deseos a una estrella fugaz y cuántas otras pasamos por alto el vuelo danzante de las flores del jacarandá?
Tanto odiamos el día que nos despertamos de noche; tanto es que nos lo hicieron odiar, y al sol que nos da esperanzas, que ahora paseamos esclavos bajo las sombras de lo que hicieron con nosotros.
¿Para qué soñar con ir a las estrellas si nunca las vemos más cerca que nuestra propia nariz? Las conocemos desde una pantalla intocable. ¿Y si fuera una televisión de cobertura mundial? ¿Y si las estrellas no nos aman? Lejos estamos de soñar en vano, pero a medida que nos despegamos del amor conocido, del cariño fresco, de la pureza en el oxígeno, más nos olvidamos de la sabiduría de los árboles, que en la noche mil estrellas cosecharon y mil más conocerán. Mientras más aprendan, más ramas le saldrán.
Por Guido.
Por Guido.
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